[introducción : la nueva era del cine] La pantalla global : cultura mediática y cine en la era postmoderna / Lipovetsky + Serroy

 

escenario virtual del corto español 'Cíclope', de Carlos Morett [ignotoplanet]

escenario virtual de Cíclope, cortometraje de Carlos Morett | ignotoplanet

 

Arte o industria del entretenimiento, el cine se construyó de entrada a partir de un dispositivo figurativo totalmente moderno e inédito : la pantalla. No el escenario teatral ni la tela del cuadro, sino la pantalla iluminada, la gran pantalla, la pantalla en la que se muestra la vida en movimiento. En la pantalla de cine vemos imágenes de la máxima belleza, intérpretes sublimes, ficciones que absorben a las maravilladas multitudes modernas como ningún otro espectáculo. La pantalla no es sólo un invento técnico integrado en el séptimo arte : es ese espacio mágico en el que se proyectan los deseos y los sueños de la inmensa mayoría. Nacido el cine a fines del siglo XIX, el siglo siguiente encontró en él el arte que mejor lo expresaba y con el que mejor se identificó. Cien años después, en 1995, el saldo es incuestionable : el arte de la gran pantalla ha sido con diferencia el arte del siglo XX.

Sin embargo, en la segunda mitad del siglo aparecieron otras técnicas de difusión de la imagen que acabaron añadiendo más pantallas a la tela blanca de las salas oscuras. Para empezar, la televisión, que ya en los años cincuenta empieza a penetrar en los hogares; y en el curso de las décadas siguientes las pantallas se multiplican exponencialmente : la del ordenador, que no tarda en ser personal y portátil; la de las consolas de videojuegos, la de internet, la del teléfono móvil y otros aparatos digitales personales, la de las cámaras digitales y otros GPS. En menos de medio siglo hemos pasado de la pantalla espectáculo a la pantalla comunicación, de la unipantalla a la omnipantalla. La pantalla de cine fue durante mucho tiempo única e insustituible; hoy se ha diluido en una galaxia de dimensiones infinitas : es la era de la pantalla global. Pantalla en todo lugar y todo momento, en las tiendas y en los aeropuertos, en los restaurantes y los bares, en el metro, los coches y los aviones; pantallas de todos los tamaños, pantallas planas, pantallas completas, minipantallas móviles; pantallas para cada cual, pantallas con cada cual, pantallas para hacerlo y verlo todo. Videopantalla, pantalla miniaturizada, pantalla gráfica, pantalla nómada, pantalla táctil : el nuevo siglo es el siglo de la pantalla omnipresente y multiforme, planetaria y multimediática.

Surge entonces una toda una serie de preguntas : ¿qué efectos tiene esta proliferación de pantallas en nuestra relación con el mundo y con los demás, con nuestro cuerpo y nuestras sensaciones? ¿Qué clase de vida cultural y democrática anuncia el triunfo de las imágenes digitalizadas? ¿Qué porvenir aguarda al pensamiento y a la expresión artística? ¿Hasta qué punto reorganiza este despliegue de pantallas la vida del ciudadano actual? Pues es imposible no darse cuenta : con la era de la pantalla global, lo que está en proceso es una tremenda mutación cultural que afecta a crecientes aspectos de la creación e incluso de la propia existencia.

Para perfilar esta pantallasfera de nuevo cuño, para entender su funcionamiento y poner de manifiesto su sentido, lo más esclarecedor es empezar por analizar las transformaciones profundas que sufre la forma original y prototípica de la pantalla : el cine. ¿Cómo caracterizar el universo del séptimo arte cuando ya no es la pantalla suprema? ¿Qué lugar ocupa cuando sus películas se ven por lo general fuera de las salas oscuras? ¿Sigue siendo el cine una referencia cultural de primer orden cuando los telefilmes y las series tienen más espectadores que las películas cinematográficas? Por otro lado, ¿se puede seguir diferenciando categóricamente la película de cine del telefilme, cuando hay películas estructuradas por una estétical televisiva y telefilmes realizados por directores de cine, con actores de cine y presupuestos parecidos a los del cine? A esto hay que sumar la competencia de las demás imágenes, de las demás pantallas : las de la publicidad, los videojuegos, los videoclips, las digitales, las de mundo-red. Y mientras pasa a ser una pantalla como cualquier otra, el cine, en una configuración que ya no tiene mucho que ver con lo que fue desde el principio, acaba viéndose en miniventanas móviles, con posibilidad de congelar la imagen, de retroceder, de elegir el idioma. Y tenemos también que, al margen de las proyecciones tradicionales en salas de cine, se producen películas que no duran más de tres minutos, para su consumo rápido en la pantalla nómada. Hoy más que nunca hay que poner sobre la mesa el problema del género cine, el problema de la inconcreta identidad del cine.

De ahí una pregunta tan brutal como insoslayable : ¿no será la civilización de la pantalla el canto de cisne del cine? ¿Está prevista su defunción, tal como vaticinan quienes, entre el crepúsculo de las ideologías y el fin de la Historia, llevan la cuenta de las desapariciones del siglo? En la agitación de la década de 1980 había observadores y cineastas que ya tenían dudas sobre el porvenir del cine. Con la explosión televisiva y la llegada del vídeo, las salas se vacían y se cierran por centenares. En Gran Bretaña, en Alemania y en Italia se hunde la producción de largometrajes. El sistema de estudios de Hollywood se salvan gracias a inversores extranjeros y a multinacionales cuyas principales fuentes de beneficios son ajenas al cine. Desaparecen las salas de arte y ensayo y triunfa la lógica de la taquilla, la superproducción de éxito, la fómula calculada y sin riesgo -cine de acción, continuaciones, remakes-. El grave problema que se plantea es si el cine conseguirá salir vivo del boom de las industrias de programas y de las estrategias multimediáticas. ¿Qué queda del séptimo arte cuando los imperativos comerciales sepultan las demás consideraciones? Un símbolo de todas las amanazas : en 1985 Federico Fellini estrena Ginger e Fred, que tiene como telón de fondo el triunfo de la televisión y la muerte anunciada del cine.

Digámoslo sin rodeos : La pantalla global : cultura mediática y cine en la era hipermoderna, localizado en biblioteca.etsit en la signatura ENSAYO LIP PAN, se ha escrito contra esa idea melancólica de la poscinematografía que sigue alimentando ampliamente el discurso crítico. El ‘verdadero’ cine no está detrás de nosotros, dado que no cesa de reinventarse. Incluso enfrentado a los nuevos desafíos de la producción, la difusión y el consumo, el cine sigue siendo un arte de un dinamismo pujante cuya creatividad no está de ningún modo de capa caída. La todopantalla no es la tumba del cine, que hoy más que nunca da muestras de su diversidad, su vitalidad y su inventiva.

Lo prueba de entrada el número de estrenos. Bástenos recordar que en 2005 los estudios de Hollywood y el cine francés produjeron, respectivamente, 699 y 240 largometrajes, mientras que España produjo 142, Reino Unido 124, Alemania 103 e Italia 98.  No nos caracteriza la reducción sino la proliferación de novedades : en 1976, el sistema de estudios de Hollywood produjo ‘sólo’ 138 filmes, mientras que en 1988-1999 la media anual de largometrajes subió a 385. Entre 1996 y 2005, y limitándonos al cine francés, el número de películas distribuidas aumentó el 38% y el de las copias el 105%. Y en la actualidad, el cine francés lanza el doble de películas que hace diez años.

¿Oculta esta exposición cuantitativa alguna reducción de la diversidad fílmica? En absoluto : aunque las películas que acaparan la atención son las de más alto presupuesto -y las más taquilleras-, se advierte también un aumento de películas personalizadas de bajo presupuesto, que despiertan pasiones. Le declin de l’empire americain (1986); Sex, lies, and videotape (1989); Pulp fiction (1994); Le fabuleux destin d’Amélie Poulain (2001); Little Miss Sunshine (2006) : son muchas las películas que encuentran actualmente un amplio sector del público por apartarse de los caminos trillados. Diva (1981); Bagdad Café (1981); The Full Monty (1997); Respiro (2002); Sideways (2004) : con historias simples, el cine actual puede reencontrar un éxito popular clamoroso haciendo alarde de audacia, inventando situaciones atípicas o nuevos climas poéticos. Un gigante como MGM dota las productoras independientes con prespuestos para cine independiente con presupuestos para películas modestas, con el pretexto de que ‘las grandes productoras ya no saben producir‘. En Estados Unidos, el cine independiente ha conseguido hacerse un hueco en una veintena de años y actualmente produce películas de bajo prespuesto, a veces distribuidas y no sin riesgos por grandes firmas, que llegan a representar la tercera parte de los ingresos en taquilla.

Ni siquiera las estrellas, símbolos del cine por excelencia, se libran de la agonía anunciada. ¿’Ocaso de las estrellas‘, como sugería Edgar Morin? La verdad es que ganan más dinero que nunca y la presencia de su nombre en la cartelera sigue siendo una de las claves del éxito de masas. No hemos terminado en absoluto con las figuras estelares típicas de la edad de oro del cine. Pero ahora es posible alcanzar un gran éxito mundial con películas sin estrellas : baste citar The Blair Wiych Project (1999); Little Miss Sunshine (2006) y Das Leben der Anderen (2007).

¿Van a desaparecer las películas para uniformarse en una especia de telecine generalizado? No hay que descartar la hipótesis, pero se alza a contracorriente de la tendencia de fondo de la economía de la superoferta, que funciona diferenciando e individuando los productos. ¿Porqué no va a ser verdadero en el planeta cinematográfico lo que es verdadero en otros lugares del universo comercial? La ‘ley’ que nos gobierna conduce menos a la uniformidad de la oferta que a su diversificación. A fin de cuentas, el cine no sabría vivir ni desarrollarse sin películas innovadoras que, satisfaciendo la necesidad de novedades del público, movilizan la oferta y el mercado ¿Son las cadenas de televisión las que ahora dominan el juego? La verdad es que lo que se avecina, con su proliferación de pantallas, terminales, redes, protátiles, programas a la carta, se parece mucho más al ‘fin de la televisión’ que a la desaparición ‘televisual’ del cine.

Hay que olvidarse de la idea de que el cine de gran público no podía generar nada más que obras de baja calidad, incapaces de llegar a la sensibilidad profunda de los espectadores. A pesar de las exigencias de rentabilidad y de la creciente influencia de las técnicas de comercialización, el cine tiende a enriquecerse creando obras de género, personajes y argumentos menos ‘ortodoxos’, más heterogéneos, más imprevisibles.  Es evidente que las superproducciones taquilleras se construyen con historias muy simples, hinchadas con efectos especiales, acciones espectaculares y suspense. Y es igualmente cierto que el sistema de estudios utiliza métodos en vigor en los demás mercados : encuesta sistemática sobre el gusto de los espectadores, publicidad intensiva, adaptación a las modas y gustos de los sectores de población buscados, preestrenos ante un público representativo de los espectadores para poner a prueba -y tal vez modificar- la película antes de su lanzamiento. Esto no impide que haya muchas películas de calidad.

Presionado por una sociedad más parcelada, el cine tiene ahora en cuenta problemas y temas antaño descartados o tratados según estereotipos totalmente convencionales. Hoy, los niños, los adolescentes, los ancianos, las parejas divorciadas, los solteros, los gays, las lesbianas, los negros, los discapacitados, los marginales, los estilos de vida más heterogéneos se abordan por sí mismos. Paralelamente, con el paso del tiempo aumentan las películas realizadas por mujeres; el género documental ha vuelto a renacer; los dibujos animados no están ya enclaustrados con su público juvenil, sino que se dirigen a los adultos; las películas deconstruyen los grandes mitos de la nación, los blancos, los pieles rojas, los vaqueros. Lo que se avecina es un cine global fragmentado, de identidad plural y multiculturalista. Afirmar que el cine ha caído en un conformismo estandarizado es expresar un cliché que también peca de conformista.  Al fin y al cabo, en todas las etapas de la historia del cine han abundado los filmes convencionales y de nula calidad, filmes que han constituido el grueso de la producción normal, al lado de las auténticas obras maestras, claramente menos numerosas. Del mismo modo, la producción actual de películas mediocres, hiperespectaculares, que ponen en escena personajes planos, no es ninguna novedad y no debe ocultar el desarrollo de un cine innovador, personalizado y menos previsible.

Títulos de Gilles Lipvetsky disponibles en biblioteca.etsit, con indicación de su localización en estantes:

La pantalla global : cultura mediática y cine en la era hipermoderna (2009) / Gilles Lipvetsky y Jean Serroy | ENSAYO LIP PAN.

El imperio de lo efímero : la moda y su destino en las sociedades modernas (2004)  / Gilles Lipvetsky | en ENSAYO LIP IMP.

Más información disponible en el blog de biblioteca.etsit puede consultarse en Televisión digital : recursos en biblioteca.etsit ; en La pantalla global : cultura mediática y cine en la era postmoderna / Lipovetsky + Serroy; en [introducción : las cuatro edades del cine] La pantalla global : cultura mediática y cine en la era postmoderna / Lipovetsky + Serroy; y en Lipovetsky : moda e hipermodernidad en biblioteca.etsit.

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