[Bienvenidos a Iowa] Dewey Lee Más Libros / Vicki Myron

[youtube http://www.youtube.com/watch?v=G8nSg8oxrfA&w=425&h=349]

[vídeo : despondentisthmus]

En el centro de los Estados Unidos, entre el río Misisipi al este y los desiertos al oeste, existe una meseta de más de tres mil kilómetros cuadrados de extensión, con ondulantes colinas pero sin montañas. Hay ríos y arroyos, aunque pocos lagos. El viento ha erosionado los salientes rocosos, convirtiéndolos primero en polvo, luego en tierra, después en arenilla y, finalmente, en oscuro suelo de cultivo. Por aquí, las carreteras son rectas y se pierden en el horizonte en forma de líneas interminables e ininterrumpidas. No hay curvas, sólo algún que otro giro ocasional, casi imperceptible. El territorio fue medido y parcelado para crear granjas, y los giros no son más que correcciones en el alzado de los planos. Exactamente cada kilómetro, cada carretera queda cruzada por otra carretera de casi perfecta línea recta. En su interior, más de un kilómetro cuadrado de tierra de cultivo. Tome usted un millón de esos kilómetros cuadrados, únalos y obtendrá una de las regiones agrícolas más importantes del mundo [agricultura de Estados Unidos]. Las Grandes Llanuras [Great Plains]. La cesta del pan [breadbasket]. El cinturón del grano [grainbelt]. La pradera [prairie]. El corazón del país. O, como mucha gente lo considera, el lugar que se sobrevuela de camino a cualquier otra parte. Que los demás se queden con los mares y las montañas, con sus playas y sus estaciones de esquí. Yo me quedo con Iowa.

En el norte de Iowa, en invierno, el cielo engulle las granjas. En un día frío, los nubarrones oscuros que barren las llanuras parecen remover la tierra como un arado. En primavera, el mundo es plano y vacío, lleno de tierra de color marrón y tallos de maíz a la espera de ser arados, el cielo y la tierra en perfecto equilibrio, como un platillo girando sobre un palo. Pero si te acercas por aquí a finales de verano, jurarías que el suelo empuja hacia arriba y casi llega a eliminar el cielo. El maíz alcanza los tres metros de altura, sus brillantes hojas verdes coronados por luminosos penachos amarillos. La mayoría de las veces te sientes como enterrado en él, perdido entre paredes de maíz, pero en cuanto asciendes a cualquier pequeño promontorio de la carretera, aunque no sean más que unos escasos metros de elevación, ves campos interminables de oro sobre verde, hilos de seda brillando a la luz del sol. Estos hilos de seda son los órganos sexuales del maíz, que retienen el polen, que ondean con su amarillo dorado durante un mes, y que luego, bajo el riguroso calor del verano, van secándose lentamente y adquiriendo un tono pardusco.

Esto es lo que me gusta del norte de Iowa : que siempre está cambiando. No como cambian las afueras cuando un establecimiento de una determinada cadena de restaurantes reemplaza al anterior, ni como cambian las ciudades cuando los edificios compiten para ser cada vez más altos, sino como cambia el campo, en su ir y venir lento, con un movimiento delicado que avanza constantemente, aunque nunca a gran velocidad. Por aquí no hay muchos establecimientos junto a las carreteras. Ni tiendas de artesanía. Ni mercadillos de productos agrículas. Las granjas, que son menos cada año que pasa, están pegadas a la carretera. Las ciudades aparecen de repente, con carteles que anuncian : La joya de la corona de Iowa o La hebilla dorada del cinturón del maíz, y desaparecen con la misma rapidez. Dos minutos, y se han esfumado. Un silo o una planta procesadora, tal vez una zona del centro de alguna ciudad con un pequeño supermercado, algún establecimiento de comidas. Cada quince kilómetros, aproximadamente, hay un cementerio junto a la carretera, sencillas losas detrás de muros bajos de piedra. Son parcelas de pioneros que crecieron hasta convertirse en propiedades familiares y finalmente en cementerios de ciudad. Nadie quere ser enterrado lejos de casa, y casi nadie quiere desperdiciar mucha cantidad de terreno. Utiliza lo que tienes. Una cosa sencilla. Y local.

Entonces, justo cuando empiezas a dejarte ir, cuando te dejas arrastrar hacia la satisfacción, como las hileras de maíz avanzando cuesta abajo después de un pequeño promontorio, la carretera se ensancha y pasa junto a una serie de negocios : Matt Furniture [8 St SW Plz 11th], el Iron Horse Hotel [14 11th St SE], el restaurante The Prime Rib, [1205 S Grand Ave] pero también un Wal-Mart [500 11th St SW], un McDonald’s [701 11th St SW], un Motel 6. Das un giro en dirección norte al llegar al semáforo, el primer giro en ochenta kilómetros, vengas de donde vengas, eso sin olvidar que se trata también del primer semáforo, y en menos de un minuto has dejado atrás los establecimientos de las cadenas comerciales y te encuentras cruzando un precioso puentecito sobre el río Little Sioux, en el corazón de Spencer, Iowa, una ciudad que ha cambiado muy poco desde 1931.

El centro de Spencer es la típica ciudad de postal norteamericana : hileras de escaparates enlazando edificios de dos y tres pisos donde la gente aparca el coche junto a la acera, sale y pasea. La farmacia White Drug [400 Grand Ave.], la tienda de ropa masculina Eddie Quinn’s y Steffen Furniture [420 N Grand Ave.] llevan décadas allí. En The Hen House [403 Grand Ave.] venden objetos de decoración para las esposas de los granjeros y para el turista ocasional que pasa por allí de camino al Iowa Lake Country, a treinta kilómetros en dirección norte. Hay una tienda de modelismo especializada en maquetas de aviones, otra donde venden tarjetas de felicitación y un establecimiento donde alquilan bombonas de oxígeno y sillas de ruedas. La Vacuum Cleaner Store [125 Grand Ave.], todo para su aspiradora. Arts on Grand [408 N Grand Ave.]. El antiguo cine sigue en funcionamiento aunque, desde que al sur del puente se inauguró un complejo de multicines con siete salas, sólo proyecta películas de reestreno.

El centro de Spencer termina en The Hotel, a ocho manzanas del puente. The Hotel. Así se llama. A finales de la década de 1920, cuando era el mejor alojamiento de la zona, además de terminal de autobuses, estación de tren y el único restaurante donde se podía comer sentado, se le conocía como el Tangney. Después de la Gran Depresión se convirtió en una pensión de mala muerte y, según la leyenda, en el burdel de la ciudad. El edificio de cinco plantas, de sencillo ladrillo rojo y construido para durar toda la vida, acabó abandonado y fue rehabilitado en la década de los setenta, pero para aquel entonces la actividad se había trasladado a cinco manzanas de Grand Avenue, al Sister’s Mainstreet Café [312 Grand Ave.], un restaurante sin florituras con mesas de formica, café aguado y cubículos llenos de humo. Cada mañana se reunían en Sister’s tres grupos distintos de hombres : los viejos, los más viejos y los viejos de verdad. Y todos unidos, han hecho funcionar Spencer durante los últimos setenta años.

En la esquina del Sister’s Café, al otro lado de un aparcamiento y sólo a media manzana de Grand Avenue, hay un edificio bajo de hormigón gris : la Biblioteca Pública de Spencer. Me llamo Vicki Myron y llevo veinticinco años trabajando en esa biblioteca, los últimos veinte como su directora. He supervisado la llegada del primer ordenador y la ampliación de la sala de lectura. He visto a niños crecer y marcharse, y volver a cruzar las puertas diez años después con sus propios hijos. La Biblioteca Pública de Spencer tal vez no tenga el aspecto de otras bibliotecas, al menos no de entrada, pero es la pieza central, el moderador, el núcleo de esta historia en el corazón del país. Todo lo que voy a contarles sobreSpencer -y sobre las granjas que lo rodean, la iglesia católica de Hartley, la escuela de Moneta, la fábrica de cajas y la maravillosa y vieja noria blanca de Arnold’s Park- acaba volviendo siempre a este pequeño edificio gris y al gato que vivió aquí durante más de diecinueve años.

¿Qué impacto puede tener un animal de compañía? ¿Cuántas vidas puede llegar a conmover un gato? ¿Cómo es posible que un gatito abandonado transforme una pequeña biblioteca en un punto de encuentro y en una atracción turística, inspire a una típica ciudad norteamericana, sirva de vínculo de unión a toda una región, y acabe haciéndose famoso en el mundo entero? No podrá empezar a responder a estas preguntas hasta que no conozca la historia de Dewey Lee Más Libros -localizada en biblioteca.etsit en la signatura NARRATIVA MYR DEW-, el querido gato de bibliotecade Spencer, Iowa.

Esta entrada fue publicada en nosólotécnica etsit, novedades y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a [Bienvenidos a Iowa] Dewey Lee Más Libros / Vicki Myron

  1. Pingback: Dewey Lee Más Libros : la historia verdadera de un gato bibliotecófilo « biblioteca.etsit

  2. roser t.carbonell dijo:

    Hola Vicky,te escribo desde Barcelona(SPAIN),tu libro me ha conmovido mucho,yo tambien tengo un gato que se llama Napoleon,nacio en la porteria de mi casa y lo recogi,entiendo muy bien la relación que establecistes con Dewey,yo tambien tengo una relación muy profunda con mi gatito Napoleón,siempre esta a mi lado en los momentos dificiles y felices,leyo a mi lado tu libro,Dewey siempre permanecera en nuestros corazones.

    Un abrazo.

    Roser Tomas Carbonell.

    Te deseo lo mejor a ti y atu maravillosa familia.

  3. Roser,

    Gracias por tu comentario. Has contactado con el blog de una biblioteca universitaria española especializada en telecomunicaciones y tecnologías de la información. Puedes hacer llegar tu mensaje a Vicki Myron a través de la Biblioteca Pública de Spencer en el correo info@spencerlibrary.com o, si eres usuaria de Facebook, en la página de Dewey. Si tienes alguna dificultad para hacerlo, dirígete a cualquier de las Biblioteques de Barcelona; estarán encantados de ayudarte. Saludos para tí y para Napoleón.

  4. ANA MARÍA dijo:

    HACE DÍAS DEWEY LLEGÓ A MI CASA…COMENCÉ A LEER SU HISTORIA CON MI HIJO ERNESTO RECOSTADO SOBRE MÍ IMAGINANDO LA REALIDAD DE LO QUE YO LEÍA…Y SENTÍ QUE ESE GATITO NOS UNIÓ MÁS AÚN.
    ERNESTO DUERME TIBIO Y FELIZ COMO UN POLLITO Y MAÑANA LE CONTARÉ LO QUE HE LEIDO HOY…SIEMPRE LO HAGO.
    HOY LE HE CONTADO CÓMO DEWEY SE ESCONDÍA…Y SEOLVIDABA DE QUE TENÍA COLA…Y ERNESTO,QUE TIENE SEIS AÑOS…REÍA CON TERNURA CON SU GRACIA.
    ES UNA HISTORIA PRECIOSA…SENSIBLE COMO EL AMOR Y LLANA DE VIDA COMO ERA DEWEY.
    MUCHAS GRACIAS POR CONTARNOS ESTE CUENTO REAL.
    UN SALUDO DESDE TALAVERA DE LA REINA,TOLEDO.ESPAÑA.
    ANA MARÍA Y ERNESTO.